martes, 29 de octubre de 2013

Anestesia


Seamos honestos. A la Iglesia le falta su Poe. Sus infiernos no pasan de ser meros entremeses para espantar doncellas, y no hay en ellos un solo dolor auténtico que Dante no haya registrado. Les faltó el más terrible y el único dolor que hubiera bastado para convertir a tanto irredento y malandrín y entregarnos verdaderos santos: el dolor de muelas. A mis pocos años yo había asaltado –con blanda, muy blanda fortuna– el lecho de Clarita Penagos y el diablo se las cobró conmigo sembrándome una caries de fuego en el asiento neural de la muela del juicio.
Pero esta historia no tiene sentido si no hablo de Chucho. Era el vigilante del barrio y andaba de arriba abajo con un pito de árbitro que desvelaba por parejo a amantes, fumadores de marihuana y noctámbulos. Su nombre real era Jesús del Socorro Benítez Usma. Lo recuerdo con un traje negro de pliegues infrangibles y un bombín oscuro que resaltaba el mostacho espeso y lustroso con que habría de soldarse a mi memoria. En la mano derecha empuñaba el maletín de médico de correas gruesas y hebillas labradas con que había llegado a la ciudad. Era un maletín peligroso del que podía saltar una almarada, una tijera de peluquero, una peluca, el cortafrío de un alambrista, un frasco de alhucema o el almanaque Bristol con las precisiones de los astros para el próximo año. Nadie sabía quién era ni de dónde venía hasta el hecho sobrenatural que nos llevó a conocerlo.
Todos los muchachos del grupo cogimos el dolor de muelas por la misma época. Libardo amaneció un día con la cara hinchada de un lado; a Luis se le picó un colmillo; Julián no podía hablar sin que le silbara una muela coca y Renzo empezó a andar con un frasquito de gotas amargas por las que cobraba a cinco centavos la gota. Sólo Alberto, el rudo, aseguró estar intacto. Pero una semana después, cuando advertimos que masticaba por un solo lado, lo tentamos con un cocada que al morderla le astilló los ojos y lo dobló con un quejido de dolor.
Entonces alguien mencionó a Chucho. Para más señas dijo que era el hermano de Carlos Benítez, el hojalatero. Carlos era el promotor de las parrandas que durante Navidad y fiestas patronales hundían al barrio en el delirio. Él mismo conseguía los barriles de ponche y de sifón, quemaba la pólvora, engrasaba la vara de premio, empujaba la Vacaloca y animaba la fiesta disfrazado de mujer. Nadie le había conocido hermano y mucho menos uno con el triste oficio de sacamuelas.
—No es lo único que Chucho sabe hacer –dijo Alberto–. Sabe tantas cosas que a su lado Carlos se queda chiquito.
—Como qué cosas –le pregunté ansioso.
—Por ejemplo, conoce el secreto para que nunca se te baje.
Un escalofrío me recorrió la espina dorsal.
—Además  –concluyó–, tiene una mano de seda para las muelas.
El dolor era tan fuerte que me obligaba a ver pasito. Escupí el emplasto de tabaco que mi madre me había dado a mascar y me fui donde Carlos Benítez. Lo encontré en su taller, embalado en su escafandra de soldar y concentrado en pulir una golondrina de alpaca. Me indicó que hallaría a Chucho en el costurero, “aprendiendo artes de mujeres”.
—Sastrería –lo corrigió Chucho desde adentro. La voz era como una tos larga.
Estaba ante el cabezote oxidado de la máquina cosiendo un vestido que, según contó, iba a usar en Semana Santa. Debió notar que yo andaba en los puros huesos porque me dirigió una mirada profesional.
—Yo hago trajes, no cuerpos –dijo.
Me mordí la lengua para no hacerle la verdadera pregunta que me había llevado hasta allí, y recordé el dolor.
—Me han dicho que usted saca muelas –dije.
—Soy dentista –corrigió.
Se caló unas gafas de moldura antigua y me reparó. Yo llevaba pantalón de mezclilla con dobladillo de tres degradaciones debido a los avances de la estatura, camisa de percal y zapatos de municipio heredados de mi padre.
—Cuál es –me preguntó.
—La del juicio.
—Esa va a tener que esperar. Tengo seis muelas de leche para hoy.
—Cuál es la diferencia.
—El método. Para una muela normal me basta la muñeca. Para una de leche necesito varias puertas.
Como yo no entendía me hizo la demostración. Clavó un alfiler en la mesa, le ató un hilo a la cabeza y anudó el hilo a la puerta abierta. Luego, cerró la puerta de un golpe. El alfiler salió disparado. Yo sentí un dolor en los testículos.
—A veces se necesita de varios portazos  –remató él– y hay que volver al otro día.
Se sentó ante la máquina de coser y reventó una nueva hebra del tubino. Trató de ensartar la aguja con un pulso de taladrador.
—Podré temblar para enhebrar una aguja –dijo–, pero cuando cojo una muela no la suelto.
Quedé de pasar al día siguiente, pero nunca lo hice.
El miércoles de ceniza, Alberto trajo la noticia. Chucho le había rebanado la encía con un formón de carpintero, enseguida le puso en la muela un hombre-solo que volvió astillas la corona, y retiró las esquirlas con una pinza de cabello de mujer.
—Qué mano de seda ni qué mierda –exclamó–. Ese lo que es es un carnicero.
No volvimos a saber de Chucho hasta el Domingo de Ramos cuando apareció al lomo de una mula que su hermano Carlos había ganado a los naipes. Iba vestido de Jesús con la peluca de pelo crepé y el manto de estameña cruda que le había descifrado a la máquina. Recitó el Sermón de los Niños y pidió que escribiéramos en un papel las preguntas que quisiéramos hacerle al Señor. Debíamos añadir nuestro nombre. Nunca se me ocurrió pensar cómo haría Dios para respondernos. Recordando mi lánguida faena con Clarita, escribí en el papel. Le pregunté si la próxima vez sí.
Para entonces ya teníamos a raya el dolor de muelas. Habíamos probado todas las curas posibles con resultados pírricos: polvo de Mejoral en la muela –amarga cal–, pastillas analgésicas –inconstantes–, emplastos de clavo de olor –vomitivos-, y buches de aguardiente –nefastos–. Hasta que la casualidad, concubina de los grandes, hizo que descubriéramos la coca. Unas pocas hojas bastaron para mantenernos despiertos, vivaces e inapetentes.
El miércoles nos escogieron para representar a los doce apóstoles en el Lavatorio del Jueves Santo. Me tocó Judas. Me cayó de perlas. Siempre me sentí fan de los malos. Nos probaron los mantos y las sandalias y nos enseñaron a amarrar el cíngulo y a usar la toalla. Rebanadas las uñas, limado el juanete y retirado el polvo fétido, mi albo pie estaba listo para entrar al reino de los Cielos. El padre Peña, que tenía fama de cacorro, pasó de casa en casa ensayando a los actores. Salvo por un leve apretón a mi juanete, el cura se mantuvo en su lugar.
El jueves fue un misterio glorioso. Clarita estaba en la primera fila y la aureola que fulgía en su cabeza era como una dulce horca tendida para lazar el corazón de este Judas solitario. “El espíritu es débil”, le dije telepáticamente, “la carne es presta”. Y hundí mi pie en el aguamanil de la dicha. El instante triunfal fue la fotografía. Nos alinearon como a un equipo de fútbol. Yo busqué con la mirada el escaño de Clarita. En todas las placas quedé pensando en ella. Después, nuestros padres se acercaron al fotógrafo y lo contrataron para que al día siguiente nos sacara un retrato. Se decía así entonces: sacar un retrato.
Eran las tres de la tarde del Viernes Santo cuando escuché el primer grito. Venía de la última casa de la cuadra. “Es el flash”, comentó mi padre, “a estos muchachos de hoy los asustan los inventos”. Me habían puesto de nuevo el traje de apóstol y añadido una barba de matachín para la fotografía. Mi madre alistó el aguamanil y la toalla, y mientras esperábamos, mi padre me enseñó a hacer nudos de marear con el cíngulo. Quise asomarme por la ventana pero él me lo impidió: “No te dejes dar el sol; se te vela el retrato”.
Entonces caí en la cuenta de que faltaba el cura. Mis padres se miraron perplejos. “Yo haré de cura”, resolvió mi padre, “que el fotógrafo sólo me saque las manos”. “Cámbiate el anillo”, le sugirió mi madre, y arregló el asunto. En ese instante se oyó otro grito más cercano y la puerta se abrió. Era Alberto. Estaba pálido y andaba sin su traje de apóstol.
—¿Oíste esos gritos? –exclamó–. ¡Viene por donde Julián!
—Sí –le dije–, lo estamos esperando.
Alberto me miró aterrado.
—¿Ya te sacaron tu fotografía? –le pregunté.
—No –me dijo, trémulo.
—Usted hizo ayer de San Pedro, ¿verdad? –le preguntó mi padre.
—Sí –respondió Alberto.
—Entonces váyase antes de que el gallo cante otra vez.
Cuando Alberto salió se oyó el tercer grito. Pero no le presté atención. Estaba furioso por el desplante que mi padre le acababa de hacer a Alberto. Soy de los que creen que por un amigo uno manda a Dios al diablo.
—Si ese fotógrafo no llega –dije–, me voy.
—Donde te levantes, te hago el retrato a puño –dijo mi padre.
En eso oímos un madrazo. No me costó ningún esfuerzo reconocerlo. Era Renzo, que tres casas arriba se había encarnizado contra el fotógrafo.
—Esos son tus amigos –amonestó mi padre–, una partida de atarvanes.
Los madrazos seguían altos y monocordes, conjugados con excelencias de castellano. Cada uno era para mí como un gol.
—Que el ángel del Apocalipsis se lleve al sacrílego –rezó mi madre.
Estaba tan embebido en mi triunfo que tardé en descubrir que Dios la había oído. Una mano flamígera azotó la puerta de la calle.
—¿Hay alguna por sacar aquí? –gritaron desde afuera.
—Sí –dijo mi padre y con un nudo del cíngulo me ató los brazos a la silla.
Mi madre abrió y entró Chucho. Comprendí el engaño de inmediato. El sacamuelas llevaba el traje impecable de siempre y saludó con una venia del bombín. Dejó el maletín sobre la mesa y se secó el sudor con el pañuelo.
—Pónganle el aguamanil en las rodillas y déjennos solos –dijo.
Cuando mis padres salieron lo vi calarse las gafas y sacar un librito de bolsillo.
—Ponchito Martínez –leyó–. Una muela del juicio.
Me revolví furioso. La patraña del fotógrafo y el disfraz me parecieron insultantes. Hasta el manto rojo y la toalla de Judas estaban en su sitio. Lo vi abrir el maletín y junto con el gatillo de dentista sacar un papelito que reconocí de inmediato.
—Aquí quería llegar  –dijo, leyendo la carta–. Qué preguntita la suya.
Vertió alcohol en el aguamanil y luego, pinza en mano, me limpió la muela con un pedazo de algodón empapado de yodo. El pulso era firme.
—Esta es la peor cordal que he visto en mi vida –dijo y la escarbó con la pinza.
Solté un grito de degollado.
—Ni se le ocurra hablar –amenazó–. Tiene el nervio al aire.
Me hizo sostener un vaso de agua y puso su rodilla entre mis piernas como un freno.
—Donde el padre de esa niña se entere, vuela mierda al zarzo –dijo–.  No le voy a poner anestesia.
Quise protestar, pero me lo impidió su mano de hierro.
—Usted es un degenerado y merece que se la saque a martillazos –prosiguió–. Pero le haré un favor. Le enseñaré a sufrir.
Acomodó el gatillo en la derecha y se ajustó las gafas con la izquierda.
—Esta es la muela del juicio –dijo–, pero para usted será como el Juicio Final. La niña también me escribió.
El garfio apretó la muela y vi sus ojos infernales cerca de los míos.
—Dese por bien servido con que no se le pare –me dijo–. A esa niña Renzo le hizo el favor el pasado diciembre.
Me echó encima su aliento de formol y pegó un tironazo. Un dolor sin metáfora me descuajó el alma, y sentí enseguida que se me desarmaba el cráneo y que junto con la muela del juicio se me desprendían los ojos llenos de lágrimas.

 

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