lunes, 7 de octubre de 2013

Momento germinal


La cosa empezó con una caja de regalos y un perfume. Cada diciembre, Rosita Lagos, una amiga de mi madre, arribaba puntualmente a nuestra casa y, tras los saludos protocolarios, nos anunciaba a los niños expectantes que traía los regalos del Niño Dios. Cierto día, Rosita hizo su anuncio con lágrimas en los ojos: era la última vez que nos visitaba. Sus patrones, una familia alemana dueña del Centro Social de Palmira donde Rosita trabajaba, habían decidido abandonar el país. Ella regresaría a su pueblo y aquella era su última Navidad con nosotros. Rosita se pasó los dedos por los párpados húmedos, liquidó dos lágrimas y recuperó una sonrisa de hada madrina que nos devolvió la felicidad. Para cerrar su transformación prodigiosa, se dio la vuelta y puso ante nuestros ojos una inmensa caja de cartón: estos son los aguinaldos de mi parte; que les aprovechen.
 
Yo había quedado petrificado, no sé si por la noticia, por la transformación de Rosita, o por el tamaño de la caja. Mientras me reponía del asombro, mis hermanos se arrojaron sobre el botín y, en un asalto calculado y veloz, vaciaron la caja. Cuando quedé solo, me asomé al abismo de cartón. Entonces ocurrió el primero de los tres milagros que me aguardaban. Desde adentro, lejano y misterioso, me golpeó la cara un perfume de mujer. Tardaría treinta años en descubrir su nombre, “Volcán de amor”, una de las últimas fragancias afrodisiacas producidas por la casa Recamier. El segundo milagro era digno del mundo de Oz: al fondo de la caja titilaba un montón de maquinitas de acero concebidas para enloquecer de emoción a un niño: eran molinillos de hierbas y de especias fabricados por alguna casa alemana, dados ya de baja por la modernidad implacable que había llevado a sus dueños a deshacerse de ellos. No me había repuesto de las dos sorpresas anteriores, cuando en lo profundo de la caja, medio cubierto por la basura del saqueo, vi un libro. Lo tomé, tembloroso, y noté dos anomalías: que en su título, la letra E aparecía invertida; y que el perfume venía desde adentro de sus páginas.
 
Lo que sigue merece un párrafo aparte. Llevé todos mis regalos a mi cuarto, cerré la puerta, puse las maquinitas sobre el nochero y abrí el libro. Eran las diez de la mañana. A las cuatro de la tarde del día siguiente, sin haber pegado el ojo,  después de desoír los llamados de mi madre a tomar los alimentos, y sin saber aún si volvía al mundo real o a una extensión del universo creado por el libro, lo cerré. Estaba atónito, borracho, maravillado y triste. Me levanté de la cama con ganas de llorar. Abrí la puerta. Al fondo de la casa, la televisión mostraba a un grupo de gitanos dando un concierto de cante jondo. La increíble coincidencia me partió en dos el cerebro. Yo acababa de leer un libro donde se narraba la historia de una familia latinoamericana, contada y cifrada proféticamente por la mano de un gitano inmortal. No pude resistir. Junto con mi llanto fluyó, lenta y clara, cálida y definitiva, la idea de saber cuál era mi destino: ser escritor e intentar –desde ese día hasta la muerte– componer alguna página que pudiera producir en los lectores lo que “Cien años de soledad” acababa de producir en mí.  


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